Siempre me ha gustado escribir. El enfrentarme con tranquilidad a un papel en blanco me provoca reflexión, y una especie de morbo al compartir con los demás mis pensamientos más elaborados. Ahora voy a tener tiempo para hacerlo y voy a aprovecharlo.

Hace quince días retomé mi actividad docente que había dejado aparcada un par de meses. Me puse de acuerdo con un compañero-amigo que me suplía mis clases, con el compromiso de retomar las mías y la suyas a partir de Fallas. Así ha sido, y como siempre que inicio una asignatura, es decir cada vez que me enfrento a un nuevo grupo de estudiantes, a pesar de los treinta y cinco años de experiencia, me pongo algo nervioso. Quizás nervioso no sea la palabra que mejor describe mi estado de ánimo en esa situación. Probablemente sea más adecuada la palabra excitado. Excitado por ver las primeras reacciones de los alumnos que se enfrentan, como yo a ellos, a la nueva asignatura, excitado por sentir la actitud participativa o no de la clase, excitado por el proyecto de futuro que representan todos y cada uno de los estudiantes. Excitado.

Me gusta dar clase. Creo que no hay otra actividad más gratificante que la de ayudar a comprender la potencia del instrumento que el estudiante va a manejar para sacarle el mayor partido. Es algo mágico. Es cuestión de esfuerzo, entrenamiento, y reflexión. En un momento determinado, unas veces antes y otras más tarde, se produce un “clic” que conecta todos los conceptos para darle sentido de unidad a la asignatura. Se dan todas las relaciones, y lo que parecía suelto e inconexo encaja definitivamente. Se ha producido el efecto de aprehender. Es fascinante.

Cuando se tiene a la vez visión global y pormenorizada de una asignatura, fijados los objetivos que se pretenden conseguir en la formación del estudiante, es cuando empieza la verdadera labor del profesor.

Además de la clase magistral en la que se explica la asignatura, tratando de captar el grado de asimilación de lo explicado, la verdadera relación profesor alumno se alcanza fuera del aula. En el despacho, durante las tutorías, en una conversación de pasillo después de clase, en un encuentro casual fuera de la universidad. Es así como se establece una relación profesor- alumno, preciosa y preciada por ambas partes, en la que se llega a entender el objetivo del aprendizaje: ayudar al estudiante, desde el respeto como persona, a relacionar conceptos para dominar una asignatura considerada como instrumento potente para realizar una tarea vital de un proyecto.

Esa es la esencia de la enseñanza. Algo que debiera merecer una reflexión, tanto por parte del profesor, como por parte del estudiante.